Adiós al sueño libanés

Beirut era considerada París de medio oriente. El Líbano, orgulloso descendiente de los fenicios y testigo de gran parte de la historia de la humanidad. Tras años de una cruenta guerra civil había logrado superar la violencia. Después de la retirada de las tropas sirias, los libaneses miraban su futuro con esperanza.
Sin embargo, el sueño fue destruido. Nuevamente la antigua fenicia está en ruinas. Los incesantes bombardeos israelíes han destruido gran parte de lo construido, el miedo se apoderó de sus habitantes junto con el estruendo de los F-16 y el macabro silbido de los proyectiles lanzados por modernas piezas de artillería M-109.
La muerte se apoderó de sus montaña. Los bosques de cedros se tiñeron con la sangre de inocentes. Con temor los libaneses abandonan forzosamente sus ciudades en un éxodo masivo; dejan atrás una vida. Muchos son aniquilados en su camino a damasco por la fuerza aérea hebrea. Por el simple hecho de que a algún piloto le pareció que la columna de vehículos podría ser una amenaza.
Las imágenes de un Beirut devastado se asemejan con las transmisiones de la peor época de la guerra civil. Sin lugar a dudas, la mayoría de los libaneses hace tan sólo dos semanas pensaba que esto había quedado en el pasado.
Una vez más, la ONU y la comunidad internacional no han sido capaces de detener este genocidio. Tal vez a nadie le interese. Tal vez prefieran mantener un silencio cómplice antes de tener que enfrentarse con el potencial y la diplomacia israelí.
Es tiempo de que el mundo tome conciencia de los horrores que se están viviendo hoy, en este preciso instante, en el medio oriente. Los organismos no pueden seguir indiferentes ante las atrocidades que están siendo cometidas.
Es indispensable que Israel sea sancionado, al igual que muchos países que han cometido actos similares, incluso menores.
No es posible que la aplicación del derecho internacional sea arbitrario y unilateral. Es tiempo de perder el miedo y protestar en contra de quienes escudados en su poder: destruyen, asesinan y ponen en riesgo la estabilidad y la paz del mundo.
Sin embargo, el sueño fue destruido. Nuevamente la antigua fenicia está en ruinas. Los incesantes bombardeos israelíes han destruido gran parte de lo construido, el miedo se apoderó de sus habitantes junto con el estruendo de los F-16 y el macabro silbido de los proyectiles lanzados por modernas piezas de artillería M-109.
La muerte se apoderó de sus montaña. Los bosques de cedros se tiñeron con la sangre de inocentes. Con temor los libaneses abandonan forzosamente sus ciudades en un éxodo masivo; dejan atrás una vida. Muchos son aniquilados en su camino a damasco por la fuerza aérea hebrea. Por el simple hecho de que a algún piloto le pareció que la columna de vehículos podría ser una amenaza.
Las imágenes de un Beirut devastado se asemejan con las transmisiones de la peor época de la guerra civil. Sin lugar a dudas, la mayoría de los libaneses hace tan sólo dos semanas pensaba que esto había quedado en el pasado.
Una vez más, la ONU y la comunidad internacional no han sido capaces de detener este genocidio. Tal vez a nadie le interese. Tal vez prefieran mantener un silencio cómplice antes de tener que enfrentarse con el potencial y la diplomacia israelí.
Es tiempo de que el mundo tome conciencia de los horrores que se están viviendo hoy, en este preciso instante, en el medio oriente. Los organismos no pueden seguir indiferentes ante las atrocidades que están siendo cometidas.
Es indispensable que Israel sea sancionado, al igual que muchos países que han cometido actos similares, incluso menores.
No es posible que la aplicación del derecho internacional sea arbitrario y unilateral. Es tiempo de perder el miedo y protestar en contra de quienes escudados en su poder: destruyen, asesinan y ponen en riesgo la estabilidad y la paz del mundo.

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